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‘Barro del Paraíso’ encarnado, de A. P. Alencart

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Ilia Galán, profesor titular de Estética en la Universidad Carlos III de Madrid, escribe un valioso comentario sobre el libro del colaborador de SALAMANCA AL DÍA.

El barro se suele utilizar como imagen de lo sucio e incómodo, pero en este caso también de la fragilidad, la que somos los seres humanos. Alfredo Pérez Alencart nos entrega un libro de poemas muy original en estos tiempos de descreimiento y continuo revolcarse en la materia, pues su osadía no estriba solo en la forma, con un tono a veces sapiencial, unas épico, otras íntimo y confidencial. Y es que comienza citando a Jesús de Galilea cuando dice: “Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis.” Motivo por el que ya en muchos jurados sería rechazado en buena parte de los premios que hay en el mundo de los vates hispanos, tal es el ambiente no solo anticlerical, sino anticristiano en el mundo español de las letras, como rebotado de lo que fuera hace muy pocas décadas. De hecho, nos confiesa el autor, a partir del título de este volumen de 33 poemas -la edad del Mesías cuando fue crucificado, según la tradición-: “Barro del Paraíso con espíritu del Gólgota soy, y perdono lo que me hacen y perdono lo que me harán.”

Conmovedor comienzo de A. P. A. para entrar “en el delta del Misterio.” Poemario religioso, cristiano, sí, pero también poemario sobre el Amor lo que se nos entrega, con mayúsculas: “Vívase memorando el Amor que envuelve al cielo, / Sépase que el Tiempo se ha escapado de su celda” y es que, “aclarando secretos que serán inagotables” nos traslada a la dimensión de lo eterno, a veces con plegarias sentidas, donde utiliza las mayúsculas cuando señalan al Maestro: “aumenta por la raíz amarrada a Tu destino. / Así, durante largo tiempo golpearán la puerta / que ellos mismos cerraron.” En ocasiones se trata de una poesía del silencio: “porque no escasean las palabras del condenado.” Pero también habla, sin complejos, rompiendo moldes, del condenado más inocente, de Jesús en la cruz: “He aquí un hombre clavado en la frontera del cielo.”

En He aquí un centauro amarillo leemos: Cercado por la traición / es imposible mirar al Cordero bajando de la cruz, / Estoy lamentando el abandono de Dios (...) Reivindico poder hablarle desde mi lecho de hospital”. Los motivos bíblicos se convierten así en intensas vivencias personales que se nos transmiten como un inspirado tesoro. Estamos ante una “Vuelta al origen para atisbar lo original / en medio del barro por donde se transpiran agonías.” Y, aunque hay poemas a Sansón enceguecido, así como a la fugacidad de nuestra moral existencia, pues “Sepulcros hay en cada sitio donde da vuelta el reloj y el dolor se abre más allá,” también hay esperanza y alegría sosegada, gritando Larga vida a los profetas: “Señor, cada palabra tuya es una alianza / con la humildad que extingue la hambruna del alma / y hace germinar semillas que quedaron secas. (...)”.

No es una poesía bíblica constreñida al estilo tradicional aunque a veces lo recoja, sino actual, renovación donde tiene lugar una Balada de la mujer estéril junto a un Ancla del futuro, y es que “Lo sagrado suele estar anclado al mañana del hombre.” Aunque también hay parábolas de lo terrible, sobre el “truculento reinado del áspid”, pero acompañado siempre de la Búsqueda del lugar que conmina a ascender: “Búscale vuelo a tu vida, aléjala de los buitres del entierro /y ponla a despertar como si volviera a comenzar el mundo”. Pero tampoco se trata de una poesía beata, clerical y ñoña, como a veces sucede en otros autores, sino fuerte y desafiante: “A mí no me quemarán en sus hogueras, señores /(...) señorones que nunca sintieron / el fogonazo de Dios.” Son versos que hacen frente al Ángel del error.