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Belleza en la elegía

Siempre resulta gratificante acercarse a la poesía de Carlos Murciano (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1931), dejarse llevar por la maestría de sus versos, el don de su palabra y la sutil elegancia con que va enhebrando su decir. Y tras su extensa trayectoria y no menos intensa obra, nos sigue sorprendiendo y cautivando con su lírica, nos conmueve y, como en el caso del libro que nos ocupa, Sonetos para ella, nos emociona.

Se trata de un libro en el que el amor se personifica desde el primer soneto hasta el último. El poeta, valiéndose de su reconocido dominio del soneto, va dedicando a su esposa, -recientemente fallecida-, sus mejores endecasílabos, lo mejor de sí mismo hacia la amada ausente, desde una ausencia rubricada por el vacío total y absoluto que deja tras de sí la muerte: “Debió apagarse el mundo en la deshora / que puso fin a tu vivir”, escribe el poeta.

Sonetos para ella está dividido en dos partes bien diferenciadas, pero unidas, al fin, por un mismo sentimiento, que no es otro que el amor, reflejado, verso a verso, soneto a soneto, en los dos títulos que conforman la estructura del libro: “Con ella” y “Sin ella”.Ambas partes responden a un recorrido de sesenta años, entre 1958 y 2018, en el que Carlos Murciano deja una bellísima estela amatoria a través de textos llevados de la mano de su memoria, que le conduce a revivir, en la primera parte, “Con ella”, un tiempo de plenitud y vivencias realzadas por la feliz compañía de su esposa. Y que traslada a un decir en el que predomina la luz que conlleva la dicha: “En la noche de un mayo adolescente/ nuestros cuerpos, perdidos, se encontraron,/ y se encendieron, digo, se incendiaron/ bajo la luna y su fulgor creciente”.

Pero paulatinamente nos encontramos con la segunda parte, “Sin ella”, que recoge la parte inédita del libro, correspondiente a 2018, escrita partir del fallecimiento de su mujer. Y el lector siente con el poeta el paso de su ventura a su dolor. En ambas partes, sus versos traspasan lo real para adentrarnos en la verdad que su alma dicta. Y es entonces cuando se produce ese efecto sinfónico que conduce a identificarnos con cada palabra que el escritor arcense elige hasta concederle toda la fuerza que alcanza el desconsuelo de la ausencia, en su más cruda acepción. Porque no se trata de una ausencia sellada por la distancia o la lejanía. Es la ausencia del no estar definitivo, del vacío que deja la muerte, un sentimiento de impotencia en el que el poeta manifiesta su derrota: “Yo sé que no vendrás. Pero te espero / Solo. Sin esperanza. Y derrotado”.

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