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La poesía de Ada Soriano (Orihuela, 1963) es leve, delicada y confesional; sutil, acendrada y visionaria. Quien a ella acceda no espere imágenes tumultuosas ni una musicalidad de estruendo. Todo parece discurrir en flujo interno, serenamente y con pasión. Este es su sexto libro. Tuve yo el gozo de reseñar su primero, allá por 1993, y prologar su cuarto, Principio yfin de la soledad (2011). De este sexto que ahora nos detiene, el día de su presentación, que lo fue en la librería Códex de su ciudad natal, el eminente poeta, y biógrafo de Miguel Hernández, José Luis Ferris, dijo cosas muy ajustadas y penetrantes, pero me quedo con una de ellas, de carácter general, y es que estamos ante su mejor libro, en lo que plenamente coincido.

La poesía de Ada Soriano lo es —dijéramos— “a la altura del pecho”, porque parece manar del mismo corazón: como si escribiera con tinta de sus propios latidos sobre un papel perpendicular. No hay nada accidental, nada de lucimiento. Ella es una soñadora y se limita a plasmar su visión del mundo con una naturalidad y una precisión por la que enseguida vislumbramos un oficio exigente y una independencia (tendencias o modas) que rápidamente nos congracian. Tras una lectura sin sobresaltos, cerramos el libro. Las emociones han sido muchas; sentimos una sedación dulce, una languidez que invita a seguir leyendo, esta vez de atrás hacia adelante. Pero ¿con qué nos quedamos? ¿Cuál es el sentido profundo de estos versos?
¿La honestidad, la sinceridad y verdad, como sugiere de entrada Ferris? ¡Claro que sí! Pero a mí, como lector, me gustaría ir más allá, señalar un rasgo bastante insólito en la poesía femenina actual. Y si de mí dependiera, no tendría duda: ansia de elevación. Estos versos, por su sutileza, parece que ya flotan, ingrávidos. Tal elevación es siempre hacia la luz; la luz, la apetencia de luz, es el objeto último de la poesía de Ada Soriano.