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El olor de las casas de los ancianos

  • Fecha:29-01-2019
  • Fuente: Zenda

No se escucha nada más que el silencio y la percusión de las aguas en calma contra la proa del barco. Las páginas de Purificaciones (Ars Poética), de Eduardo Calvo, se desplazan ligeras. Percibo sobre ellas una pantalla viscosa, una sustancia que se adhiere a mis manos y me hace pensar en el sudor o el nerviosismo. Me resulta complicado llegar a las palabras. No puedo rascar: hace años que me muerdo las uñas como un caníbal. Pruebo a coger un poco de agua y esparcirla sobre el libro, pero la pantalla ejerce como mecanismo deslizante. Las páginas se mantienen intactas, como plastificadas, recubiertas de una gelatina impensable.

Me da algo de pudor reseñar a Eduardo Calvo. Un mosquito se posa sobre mi hombro y lo aplasto con mi mano derecha. Me siento algo culpable. Me siento un genocida de los mosquitos. Mezclo la culpabilidad con el pudor y me alejo de las Purificaciones, enturbiado por los pensamientos cóncavos que se anclan en mi máquina central.

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