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El silencio de tus manos

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El primer poemario de Luisa Máñez Palop (Valencia, 1979) lleva como título El silencio de tus manos. En su introducción (esos «momentos de unión con la figura femenina anhelada…, ya que por medio de ella se expresa el espíritu enamorado…»), adivinamos que los versos tienen a otra mujer como destinataria. «Es un deseo absolutamente femenino que se expresa a través de unos versos directos y cálidos» me revela la autora personalmente.

Leo, queda claro, una poesía amorosa escrita por una mujer y dedicada a otra mujer. Ahora bien, si yo como hombre heterosexual me siento conmovido leyéndola, ¿querrá esto decir que la poesía de Luisa Máñez Palop trasciende el amor entre mujeres y alcanza al Amor, en general? ¿Yo –varón intruso–, debería sentirme extraño, cuando no culpable, por la intromisión?

Dejó dicho Jaime Gil de Biedma (sí, otra vez él. Reconozco que es mi faro para cualquier duda poética): «La voz que habla en un poema no es casi nunca la voz de nadie real en particular, puesto que el poeta trabaja la mayor parte de las veces sobre experiencias y emociones posibles, y las suyas propias solo entran en el poema –tras un proceso de abstracción más o menos acabado– en tanto que contempladas, no en tanto que vividas.»

Queriendo expresar su pasión, Luisa Máñez Palop, trabajando sus versos, ha logrado esa abstracción sobre sus experiencias individuales. Por eso las composiciones de El silencio de tus manos pueden ser sentidas y asumidas por cualquier naturaleza que haya sufrido las luces y sombras del sentimiento amoroso. Para esta autora sus vicisitudes han pasado de vividas a contempladas. Y de ese esfuerzo creador se deriva la clave de mi empatía hacia el resultado.

El silencio en tus manos consta de dieciocho intensísimas composiciones amatorias –así, a secas– coronadas por una última pieza (la única que lleva título: «Dolor») cuya lectura supone un replanteo al contenido de las demás.