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JOSÉ MANUEL RAMÓN. LA TIERRA Y EL CIELO

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No parecen ser cuatro los elementos que necesita José Manuel Ramón (Orihuela, 1966) para indagar en el abismo profundo de la creación, en el origen del ser. Le bastan dos, la tierra y el cielo (que tanto nos recuerdan al juanramoniano título Piedra y cielo, quizá porque su búsqueda se remonta mucho más allá de los filósofos presocráticos, hasta aquellos neandertales que poblaron nuestra geografía hace decenas de miles de años. El cielo —«Memorial de antorchas», lo llama Ramón— nos remite a una atmósfera tenebrosa, acaso el interior de una caverna paleolítica iluminada por el fuego de unas antorchas —«alumbrar trascendencia»— que enturbiaban el aire y creaba en el imaginario de los seres que las habitaban un cielo amenazante. La cueva como refugio, como espacio mágico pero también como lugar de sombras y fantasías: «entregada / a tan altos propósitos / la tribu concibió la cueva / como un primigenio universo / de astas sangre y lunas / recientes». La tierra, inmersa en una enorme glaciación, es nieve perpetua: «un abrazo de nieve / destierra horizontes y ausencia / cauterizando heridas». La nieve oculta y embellece, falsea distancias, unifica el primor de la mirada. Pero quizá más que fijarse en lo que expresan los verso de José Manuel Ramón, debiéramos fijarnos en cómo lo expresa. El lenguaje que utiliza rehúye el utilitarismo y se adentra con frecuencia a términos que implican un sondeo en la experiencia ahistórica, términos que remiten al origen del universo. Tal vez por esa razón, la tercera sección del libro, «Noche profunda (Inframundo)», comience con estos versos: «avanzan siglos / por oscuros corredores / franqueando el útero de la tierra / y buscando pasos ocultos hacia / el inflamando».