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José Manuel Ramón. Una voz poética innovadora ~ Las nueve musas

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Emprende un viaje al pasado más remoto para recuperar lo que el tiempo ha corrompido. Penetra así en «la profundidad de las cuevas», «el mundo subterráneo […] el reino de lo sobrenatural, de los dioses, la muerte o los espíritus, […] en el otro mundo para reunirse con sus moradores». Las citas que preceden al poemario lo anuncian; la de Jean Clottes, de la que he entresacado estas palabras, pero también las otras dos, la de Hildegard von Bingen, que nos exhorta a «buscar lo infinito», y la de los oráculos anónimos de las tablillas de arcilla del Valle del Kifdum, que describen, desde la sabiduría milenaria del Antiguo Oriente, el acto creador: «De la noche surge / el verbo más puro, de entre tinieblas / el rostro más blanco jamás hallado». La introducción no engaña: José Manuel Ramón se adscribe con ello al romanticismo más genuino. Las palabras entrecomilladas bien pudieran haber sido de Novalis.

Memorial de antorchas (Cielo), Nieve perpetua (Tierra) y Noche profunda (Inframundo) constituyen las tres etapas que el espíritu recorre, desde su nacimiento, su paso por la tierra y su reencuentro con las almas que le precedieron en su misma singladura. El poeta se erige en demiurgo que busca recrear con el verbo y alrededor del verbo — como el verbo, el silencio es significativo— el alumbramiento del ser, el momento en que el primer sonido con intención significativa surgió de la garganta del humano y, después, cuando el pensamiento se hizo palabra, en el albor de los tiempos: «ploc / ploc ploc / resuena honda voz / para alumbrar trascendencia / […]» (p. 19), y añade en el siguiente poema: «gota / sobre gota /infiltra tiempo / y el interior recompone / una hermosa estructura fragua / como cuando el ser decide / nacimiento // […] / para que en manada mujan confines / y un memorial de antorchas / legue brasa y conocimiento / a las tierras prim / itivas» (p. 20). El poemario entero rastrea el origen de la vida (y de la muerte) y su desarrollo en un ejercicio de reconstrucción del primigenio universo que la alentó. Se sirve para ello de un sintomático léxico de profunda y múltiple carga asociativa, que abre al lector, como en fugaz estallido, múltiples connotaciones a un tiempo: natura, estirpe, chamán, oráculo, estaciones, caverna (gruta, cueva), antorchas, rito, tótem, ancestral, horda, tribu…

La tierra y el cielo nos retrotrae a los orígenes de todo, así también del lenguaje. Como escribe el poeta Miguel Veyrat, que no es por casualidad quien prologa el poemario, su lectura nos lleva «a imaginar que el primer encuentro entre emoción y lenguaje en un cerebro humano debió de sonar, en chispazo expresivo que precedió al pensamiento, como un grito de alegría o de dolor o asombro como lamento o tenue vagido en gradación de frecuencias que acompañaría el viaje de cada uno entre el ser y la nada […]». Ambos poetas, Veyrat y Ramón, son exploradores, renovadores de la poesía y experimentadores y creadores de lenguaje.