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La tierra y el cielo | Diario de la Vega

Leído este verano, he sentido “La tierra y el cielo” como balbuceo. No en su acepción de palabra torpe, sino originaria. Palabra-esencia pronunciada como nexo necesario para nuestra humanidad. Miguel Veyrat, en el prólogo, destaca lo imperioso de la palabra dicha, de la voz pronunciada hacia el otro. Voz compartida entonces.

Comentando con el poeta José Luis Zerón algunos rasgos del libro, nos confirma en la sospecha de que “La tierra y el cielo” son versos para ser escuchados. Dicen que la lectura de poesía exige soledad, mas aquí las palabras, como ecos calcáreos, suenan compartidas. Resuenan transportándonos al origen de nuestro origen mediante símbolos y voces. Onomatopéyicas en ocasiones. A veces hasta se desglosan precipitadas en cascada –o estalactita– de versos. Silabeándose. Como cuando comenzamos a hablar. Porque si el verbo se hizo carne, la carne precisó pronto del verbo.

Prologado como hemos dicho por Veyrat, el libro presenta tres apartados: “Memorial de antorchas (Cielo)”, “Nieve perpetua (Tierra)” y “Noche profunda (Inframundo)”. Y resulta todo un runrún indagando en los orígenes de la humanidad. Y ahí está la cueva –”primigenio universo”– y el fuego y el sílex y el arte y la magia y la fertilidad y… Y la muerte y el deseo de trascendencia. O acaso el de volver a empezar. Escribe el poeta: “ungidos / de ocre rojo / la muerte derogamos / liberada el alma en luna / creciente // en ovillos / se volvía a la tierra / ahondando gredas uterinas / –hato para trascender el misterio / cual inflamada luz presta / al alumbramiento”. “La tierra y el fuego”.

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