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LEÍDO: "Dondequiera que vague el día" de Ada Soriano

El ímpetu, el vahído y el letargo arrollan con un soplo geológico y astral, cada vez más sensible, más henchido, más al límite propio del erotismo real. Tampoco se trata de llegar a leer Dondequiera que vague el día con una sola mano, sino de gozar con la exquisita barbarie que exhibe en este libro Ada Soriano: 

A lo lejos, 

dos ciervos se encaran, 

entablan un combate 

sin cotas de malla ni escudos. 

Estaban previstas las armas 

en el proceso de crecimiento. 

Las flores que nacen de las rocas 

se mecen al compás de las nalgas 

de una cierva, 

seducen con su movimiento 

de brisa matinal. 

Hay en ellas un toque de distinción.


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