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Reseña La sombra del zapato en la revista cultural y literaria Cuaderno digital

La palabra poética, en su afán por indagar en los espaciomenos visitados de la realidad, es la única capaz de restaurar de forma asumible la experiencia, pero ese proceso restaurador no se contenta con ser un fiel reflejo de lo acontecido, de lo visto o sentido: antes bien, procura siempre atravesar esa frontera, a menudo infranqueable, que separa lo invisible de lo invisible, la acción del pensamiento. En La sombra del zapato (un título que, hemos de decir, nos parece más apropiado para un libro infantil, a pesar del poder simbólico que se le desea conferir), Jesús Aparicio González(Guadalajara, 1961) —un autor que cuenta ya en su haber con once libros de poesía, la mayoría de los cuales ha visto la luz en lo que llevamos de siglo— revista sus lugares más anhelados, sus lugares de siempre, aquellos que conforman su vida y, por qué no, su manera de pensar esa vida; y lo hace con una renovada intención: la de ahondar más si cabe en lo que significa ser y estar en el mundo, no como mero espectador, sino como un actor comprometido con la realidad que le circunda. José Manuel Suárez, autor de un explicativo epílogo, ve en estos poemas, sobre todo en los incluidos en la primera parte (el libro está dividido en dos: «La sombra del zapato» y «Los secretos del polen»), «un aire más reflexivo; un ahondamiento en lo que antes solo era contemplación; una presentación menos descriptiva de las cosas hacia una visión mas metafísica y honda de cuanto vemos flotando en al superficie; un deseo de ver por dentro». Hay muchos poemas capaces de justificar estas atinadas palabras de Suárez, pero tal vez el poema titulado «Vida de poeta» las ejemplifique como ninguno: «Mirar con hambre/ el color del deseo,/ agradecer tras la paciente espera/ cómo cae sin ruido a tu lado// acariciar la perfección de su cascara/ y explorar sin rendirse el nuevo mundo». La celebración meditativa aún sigue muy presente, pero ahora da paso a un sentido elegiaco de los actos humanos, sujetos en exceso a una mirada ajena que puede pervertir el aliento más íntimo, «aquello que es más libre/ dentro de ti».

Los poemas de Jesús Aparicio González están construidos con una materia muy leve. La economía del lenguaje es tal que, a veces, el lector puede echar en falta un mayor aliento, por ejemplo en poemas como «Milagro en el tejado» o «Desde el frío», pero Aparicio lo argumenta con rigor: «poco a poco se fue acostumbrando a la deserción./ Se le fue adelgazando la escritura/ hasta que una mañana/ se dio al canto: vivo». Este lector prefiere, sin embargo, esos poemas en los que «hay palabras que se cansaron de decir/ lo que ayer decían» y no se pliegan sobre sí mismos hasta llegar a su mínima expresión, al silencio casi: todo lo contrario, ensayan significados múltiples para deshacer la oscuridad que las envuelve. Estamos, sí, ante una poesía que rinde tributo a la claridad. La filosofía de vida que subyace en estos versos parece manar de una paz espiritual difícil de rebatir sino es con la nostalgia que desprenden en algunas ocasiones, como es estos versos: «No se puede vivir/ en el futuro que nunca llegó».

No cabe duda de que Jesús Aparicio encuentra en la vida sencilla y apegada a un ámbito natural las razones mejores para vivir, para gozar; y cuando esta sensación decae echa mano de la función consoladora de la poesía, como observamos en los frecuentes ejercicios metapoéticos de este libro, más abundantes en la segunda parte, como muy bien ha visto Suárez, de la cual afirma que es «una larga y disciplinada meditación metapoética construida en modo circular: palabra en el tiempo levantando la casa que habitamos y que nos lleva muy lejos». La palabra, el poeta y la poesía son objeto de reflexión, pero los versos no se sustentan en teorías literarias sino en emociones. Acaso por esa razón, no hay definiciones ni certezas sino dudas y aproximaciones. Leamos esta de ecos juaramonianos: «Tal vez la poesía/ sea tan solo eso,/ dar nombre, bautizar,/ a un sol desconocido,/ al cielo reflejado/ en un charco de agua».

La trayectoria poética de Jesús Aparicio González se ha consolidado con una forma de decir limpia, tersa y sin adornos ni complejos artificios verbales: una poesía que trasmite serenidad y altura moral, por más que el paso del tiempo corone los actos humanos de forma amenazante. No hay en sus poemas atisbos de rebelión ante ese declinar temporal, por el contrario, parece haber un acatamiento vital cifrado, probablemente, en la trascendencia de una paz que el quehacer doméstico y la naturaleza que la circunda consolidan. Aparicio González parece pensar como Guillén, que, a pesar de todo, el mundo está bien hecho, aunque no falten demostraciones que invaliden tal creencia.

-CARLOS ALCORTA, poeta y crítico.

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